“Aunque mi madre me haya llevado a probar suerte a otros lugares hermosos; cuando salía de ti Pincoya, algo de mí se quedaba vacío. Por suerte, mis abuelos se quedaron y me invadí de tu abrigo al regresar”.
Soy La Pincoya, soy este paisaje alzado de cumbres y volcanes dormidos, ubicado al norte norte de la rivera capitalina. Me habito y me acurruco en este valle generoso, y desde aquí mi voz se hace escuchar, mi mirada se hace ver, y mis manos construyen su propia historia rica en sueños, en gestos, en honesta y sencilla humanidad.
Soy La Pincoya pobla, orgullosa y rebelde. Y esta es, en parte, mi bitácora, mi diario de vida. Adelante, mira mi piel con las ventanas abiertas. Quizás descubras que en mis cuatro estaciones sólo existen primaveras.
De la zarzamora a los nietos...
Me revelo en este viaje heroico de la memoria. Mi cuerpo se abrió con el paso decidido de jóvenes de otro tiempo; los mismos que vienen hoy a hablarnos a través de mis voces, de mi geografía y de mis sueños. He aquí, pues, una historia de nuestros sencillos días...
Donde hoy encontramos palmeras y refilones de vegetación, hubo antes campo, sembradíos, quintas de árboles frutales, barro gredoso que hacía de los inviernos hazaña de pobres. ¿Te acuerdas? Qué difícil era cruzar la Calle Larga cuando llovía. El camino de Recoleta se volvía pantano y era necesario cambiarse los zapatos. Pero después del trabajo, podíamos probar el fuego tierno de los pasajes y el calor de los que te esperaban bajo techo. Se convertía en parte de un juego mayor entrar con el machete dispuesto por la anatomía de zarzamoras y zanjas que me hacían esquiva, intransitable. El terreno fue siempre bello, y lo confirma el que haya sido morada por tanto tiempo de apellidos que siguen vibrando en algunos ecos de mi valle: Montt, Aguirre, Wolf, Keymer, Colvin, Riesco, entre otros. Además, estaban los trabajadores de esas haciendas, gente que había llegado desde todas las latitudes con la esperanza del que busca trabajo para “salir adelante”. Fueron los primeros en quedarse. Los inquilinos –nuestros abuelos y abuelas- fabricaron sus casas desde las mismas entrañas de la tierra y criaron sus chanchos y gallinas para hacer de sus hijos niños fuertes; niños sanos. De este modo, aparecieron las primeras calles de las poblaciones más antiguas.
El canal -manifestación incaica- se extiende rozagante como la extensión de mis piernas, vientre generoso con los cultivos y sus vertientes, realidad amenazante en los inviernos más crudos. Pero vino el abuelo y lo condujo; se arrodilló mi madre y mi abuela en el vaivén de sus sonidos para lavar la ropa de su prole, para conversar y organizar el trabajo del día. Aún sigue siendo el paisaje de los fines de semana, el que reúne los tambores y uno que otro chapuzón osado; a los peloteros con su asadito familiar después de la adrenalina del partido; retozan los enamorados clandestinos protegidos por el murmullo estrepitoso de su sangre. Es el lugar ideal para que se levante la leyenda: la frontera que deja al león hambriento con la saliva frustrada, los duendes y sus entierros, el diablo que luchó cuerpo a cuerpo con uno de los Vega grande del Barrero. El mismo canal que de tanto en tanto, se cubre de ánimas de día gris: muertos por el odio de la dictadura, por la lucha fatal entre el bien y el mal, muertos por accidente, otros que cruzan las distancias y se quedan –atados- en alguna franja de este misterio.
Desde todas mis alturas pueden verse las rejas antes de madera, antes empalizadas, antes nada. Porque al comienzo sólo eran carpas y terrenos trazados esperando los comités venidos del Salto, Quinta Bella, Valdivieso, Guanaco, el Cortijo, La Palmilla. También surgió más espacio combatiendo, haciéndole toma a las tomas; recibiendo a algún hermano que venía del norte, del sur, de La Legua, de los cité hacinados del cordón del mapocho o la alameda. Fue un buen momento para los partidos políticos de gobierno (1964 - 1973), para los discursos de organización y vivienda desde el mismo territorio. La solidaridad rondaba los pilones de agua, la construcción de las viviendas transitorias (buenas viviendas, aunque el programa de la Unidad Popular consideraba hacer villorrios de ladrillo princesa para las familias populares). Estuvo el esfuerzo conjunto por levantar el primer colegio, una iglesia, los bomberos. Así, las noches pincoyanas dejaron de oler sólo a luna y pedruscos; las veredas, la luz, el agua nos dicen que ya estamos, que ya podemos poblarnos, que ya es tiempo de echar raíces y extenderse en frondosas ramas.
Los últimos en llegar, se estacionaron en una media luna que caía desde mis pechos cautivos en El Rodeo. Llegaron apenas (30 agosto), porque justo vino el golpe militar y con él se acabaron los sueños y la esperanza... comenzaba la época del hambre, del horror y la muerte. Nuestros hombres fueron sacados semidesnudos de sus casas, amontonados y revisados en las distintas canchas; allanaron los hogares, persiguieron a los jóvenes, ahuyentaron y cazaron las familias: 35 nombres de hijos e hijas desaparecidos o ejecutados están clavados en mi frente; sé que hay más escondidos en fotografías o en cartas que no llegaron. Es cierto, hubo lugares calmos, momentos de tregua, osadía para el encuentro, pero yo –Pincoya– fui invadida de espanto... y para sentir de nuevo la respiración de mis hijos, de los amigos, de la vecina tuvo que pasar algún tiempo. Un nuevo matiz solidario nos recorrió de punta a cabo. Creció desde la necesidad, desde la rabia, desde el simple derecho a la vida: al calor de los cerros nacen las ollas comunes, los talleres, el comprando juntos; la iglesia abre una pequeña puerta para resguardar vidas y, desde allí, brotan cómplices ideas de resistencia y confrontación. La mirada desde el exterior se hace patente, personas de distintas geografías decidieron recuperar nuestras espaldas. Distintos pensamientos, distintas experiencias se ven unidas frente a un enemigo común. Se levantan las fogatas, el poema, la consigna que reclama libertad. Las cacerolas comienzan su réplica Recoleta arriba; los niños de la Ángela Davis se saben parte y desde sus techos se unen en la belicosa rebeldía del instante. Crecieron los cojones, la urgencia de darle fin al tormento. Y desde estos senderos se planeó el ataque al tirano que, fallido, conjuró la venganza que trajo a Pepe Carrasco a la sombra, al pie de los muros del Parque del Recuerdo.
Pese a todas las tristezas, nuestros niños y niñas exploraron los confines buscando la risa, la promesa de mañana. El sol y el viento elevaron las chonchas de diario y corrimos tras ellas una y otra vez. Jugamos a ser grandes y armamos nuestra rancha; como no había televisión, igual nos la jugábamos por $10 para ver Ultramán. Las tardes eran para las bolitas, el trompo, el luche, el tombo... Ahora somos tantos que podemos pensarnos en pandilla, piño, los tiuques más libres del lugar. En fin, mi niña se divierte y confía, aunque las cosas, hoy, se sienten tan distintas.
Mi amor crece desolado y ensombrecido por la transformación camaleónica de los que hablan por mí... ya no les importa lo que nos sucede, y se acercan cuando quieren que se les vea, que se les ayude a triunfar en las próximas elecciones. Me hallo abandonada, olvidada y muchas veces negada por quienes levantaron mis formas, por quienes le dieron perfume a mis paredes, desplazada a un sitial sin luz que, aunque está presente desde el nombre, prefieren desfigurarlo, llenarme de cicatrices, atajar mi cauce, deforestar e, incluso, hacer de mí una prisión nocturna, un cerco que impida la visión de mi particular modo de respiro. Los territorios se vuelven uniformes, turísticos, armados para la mirada neutra desde el parabrisas. Los inmensos remolinos de polvo continúan entrando a nuestras casas, pero ahora conviven con antenas disfrazadas, camiones cargando mi savia, pasto sintético, publicidad municipal.
No todos nuestros hijos y nietos han escuchado las ricas historias que hay por contar, desconocen la raíz de sus vidas, la razón que trajo a sus padres a mi cobijo. Muchos se han enajenado con las modas, el tráfico, la farándula televisiva, el centro donde todo parece suceder. Sin embargo, al echarle un vistazo a la memoria, podremos –quizás- vernos niños de nuevo y comprender, que los jóvenes de hoy serán, inexorablemente, los viejos de mañana.
Epílogo
La historia de mi formación no es distinta a la de otras poblaciones o barrios de la periferia santiaguina. Las tomas de terrenos y el deseo de tener un espacio para hacer familia, fueron una preocupación que se hizo realidad.
Los autores de este libro, se sienten enamorados del espacio que les prodigo, de mis climas, de la variedad de mi paisaje. Sienten identidad con mi lenguaje, con la solidaridad que pese a los tiempos, aún se manifiesta en mi sangre, en mis hijos e hijas. Recorrieron mis calles, hablaron con muchas personas de las distintas poblaciones que me dibujan; de ellas recibieron afecto, estaban animosas por contar sus experiencias y algo en sus miradas se iba modificando cuando revisaban sus fotografías. No hubo sesgo de desconfianza o de temor, a pesar de que hubo otros que hicieron trabajos previos de recopilación y nunca devolvieron el material a los hogares. Eso me entristece, pues de algún modo, se juega con la sensibilidad y el cariño que ustedes han puesto en vivenciarme.
Al hurgar en mí, el trabajo se manifiesta incompleto, el tiempo juega en contra, aparecen diversas fórmulas para acercarse a mis historias. Además, el silencio ronda por mis líneas. Muchos han venido con su mirada afuerina a buscar lo que guardo en mi interior, para contar una historia oficial, datosa, que no necesariamente nos refleja en su significado… Por eso, los invito a continuar con la tarea de reconocerme, de mostrarme el rumbo nuevo que han tomado sus vidas. Necesitamos desestigmatizar los espacios que habitamos, no dejar que los mitos instaurados por otros sigan atormentando nuestras imágenes.
Por otra parte, no todas las fotografías pudieron estar presentes en este libro, pero cada una de las que aparecen busca ser representativa de algo más allá del quehacer de una sola persona, busca decirnos que ahí estamos, que ahí somos cualquiera de nosotros.
Al finalizar esta modesta historia, un saludo a todos y todas quienes llegaron a poblarme de risas…
No hay comentarios:
Publicar un comentario