Qué bueno verlos volar por mis calles. Sentir sus carcajadas crecer a la distancia, reconocer los gritos desesperados de los que nunca antes habían subido a una “cleta”. De alguna manera, sus madres se involucran con el juego; salen de sus casas con sillas y petacas, aprovechando el frescor de la caída de la tarde.

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